No tiene poder, pero idolatra al poderoso. No tiene riqueza, pero defiende a los ricos. No tiene derechos plenos, pero desprecia a quienes luchan por ellos. Su mente está atrapada en una fantasia de mérito que nunca llegará, pero que usa como látigo contra los demás: si yo sufro, que todos sufran. El progreso ajeno le indigna más que su propia miseria.